EL REPOSO DE LOS BESOS BRUSCOS
ALEJANDRO
MATAMOROS.
"Fue tan largo el duelo que al final, casi lo confundo con mi hogar" V.M
Antes de romper la distancia que separa nuestras bocas, permítame frotar sus manos con las mías y dígame si siente en ellas las marcas heredadas del pasado.
Por eso, no me bese como si fuera cosa fácil; besémonos como sobrevivientes, porque sus labios y los míos, hasta ahora, solo entienden de empujones, de tropiezos, de naufragios, del desierto. Porque el valor de la experiencia lo aportan los remiendos, y justo eso es lo que somos usted y yo: dos cómplices que se encontraron tras la tempestad.
Entonces, antes de dar ese paso que nos quite la sed —o nos la multiplique—, déjeme decirle algo más: no se alarme si, mientras la beso, se deshidratan mis ojos. No crea que es porque el pasado me acongoja; es porque mis ojos brindan con violencia la alegría de toparnos, y me enternezco mirando los planos que edifican su sonrisa.
Por eso le pido que no me guarde sus pasiones, que no me tase sus afectos. Porque usted y yo, aunque llevamos los mapas de la guerra bordados en la piel, ahora estamos en el suelo de los justos. Y porque el amor es cosa de valientes —sí, porque eso de caerse y levantarse solo se entiende con remiendos en el alma—.
Ahora bien, si todavía le apetece, si aún se le antoja romper esta minúscula distancia que separa nuestras bocas, le propongo que me bese hasta que nuestros labios encuentren el reposo de los besos bruscos.


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