DE PASTOSO PALADAR

 

ALEJANDRO
MATAMOROS.

Portada: Alejandro Monroy Matamoros 

DE PASTOSO PALADAR

Alejandro Matamoros


En mis días de rareza inusitada, disfruto de elogiar la calma con mi cuerpo y simplemente me dejo al devenir del pensamiento; Un poco vago de mi parte, lo sé, pero esto de ausentarse y divagar era algo en lo que no tenía reparo de lugar o tiempo. Bastaba con sentir un mínimo de desinterés por el presente y ahí estaba yo, ensimismado, ausente en una clase, un autobús, una llamada telefónica, una velada o una discusión; el hecho es que de a poco, fui haciendo de este comportamiento mi lugar seguro.

(Digamos que cuando la realidad desencanta la introspección se hace un lujo).

 

Fue allí, gestando en mis adentros donde fui consciente por primera vez del efecto que me causan las palabras angulosas, las palabras que laceran con sus puntas como dagas. Muy diferentes, eso sí, de sus hermanas las que gozan de redondez, las palabras sin esquinas, las que se derraman como una gota de café por el borde de un pocillo. Tan amables, tan distinguidas, tan serenas que carecen de ángulos en donde se pueda hospedar la hostilidad.

Por eso pienso que cada palabra tiene su forma, su carácter y obviamente su sabor; Cómo no lo van a tener, si lubrican sus formas con saliva.

Levedad, por ejemplo, es una palabra que no requiere ni un mínimo esfuerzo bucal para que destile su elegancia; se puede repetir innumerables veces y va a parecer que solo respiras, así como Diáfano y sigilo, que en su paso dejan en los labios el tufo de la nobleza, o Serenidad, que es una dama con garbo, es un pétalo, es agua de rosas que se esparce sobre la piel reseca, es la palabra de la eterna onda que se desliza por la garganta con sigilo

En cuanto a las otras, las angulosas, las aceradas, las insufribles. Son palabras que propenden a la náusea, Cubículo, por ejemplo, no es una palabra acta para un pastoso paladar, es puntiaguda, es insípida como un lápiz de madera que se aprieta entre los labios, nadie en sus cinco sentidos va a querer hacer alguna cosa si lo sientan en algo llamado cubículo.

Así mismo, está el problema con los números y ese ambiente gris que los envuelve. Quién carajos va a aprender algo relacionado con ello, si el paladar se ve embalsamado de amargura cuando se acogen Ángulos en la boca, cuando, sí o sí, tienes que sentir el piquete en la garganta al transitar por el dígrafo “gu”, cuando solo con pensarla sientes que te atragantas. De igual modo está Cálculo, que es como el sabor de una cuchara sin bocado. 

Pero no solo son esas, hay muchas más: Aritmética, trigonometría, MA… TE… MÁ… TI… CA, ¡las cosas como son!, parecen hechas para estoquear el telar del paladar; es inevitable no clavar el filo de una de sus esquinas sobre la glotis cuando las mencionas, ni que decir de Oblicuo, ¿oblicuo? ¿Qué pretendían con esa palabra y su espíritu filoso?, si se clava con violencia como un anzuelo entre los labios. Es una palabra mucho más amarga que ángulo, pero un poco menos que cálculo y repetida muchas veces puede resultar vomitiva.

Es complicado esto de nacer con paladar blando, por ejemplo, las palabras que acompasan una estética minúscula con un espíritu inoportuno, como Ruptura, cuclillas, estrépito, segmentación, currículo y aunado, no hay papila que no padezca su ripio metálico, te apuñalan, te pican los premolares.

Por eso, en la madrugada cuando el mundo realmente se apaga, vuelvo a mis favoritas: diáfano, serenidad, susurro, leal o levedad. Juego a crear palabras sin esquinas, o intentó rescatarlas de su alma puntiaguda, juego a limar sus bordes con un simple cambio de letras; una g, por una f, una t por una s, y así, hasta que los ojos se me pongan barrigones y logre soñar con frisoles, ánfulos y pétalos en el paladar.

Comentarios

  1. Gracias por esta amena lectura, me recordó algunas de mis divagaciones en la ventana de un buseta rumbo a la U.

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