GRAMÁTICA DE LA SOLEMIA
ALEJANDRO
MATAMOROS.
GRAMÁTICA DE LA SOLEMIA
Alejandro M. Matamoros
Siento el aliento de una bestia empañar los ventanales de mi soledad. No araña mi puerta, no cruje el piso, tampoco desordena mis cosas.
He visto cómo muchos desaparecen en sus fauces y se diluyen en su vientre; he visto naufragar mi barrio, la casa del árbol, los columpios, las cometas en agosto, las cartas bajo la puerta…
Su apetito ha devorado el mundo casi en su totalidad, y ahora busca saciar su hambre con el sabor de las simples cosas. Sé que está ahí, afuera, olfateando mis horas, mi ocio, mis penas y mis glorias inconfesas.
En tanto, yo me refugio en el latido secreto de la soledad, que he decido llamar Solemia, porque no se trata de ausencias o vacío, sino de apropiación, de ese eco tibio que acaece cuando ya no se espera, cuando me invito a estar conmigo y soy testigo del festival de las minucias que componen mi intimidad. (La solemia no debe ser la misma para todos, debe cambiar con cada persona si se quiere escapar de lo voraz).
Por eso decidí rescatar del peligro del olvido lo que no tiene nombre, y escapar jugando de esta bestia colérica. Simplemente jugando, como cuando era niño y pasaba horas enteras identificando el sabor de las palabras.
Entonces me dije: “eso de gastar mis noches degustando palabras a costa de mi sueño tiene que tener un nombre”. Así nacieron las velunas.
Después, pude toparme con la clalma, ese sentimiento que no es la ausencia de movimiento, sino rendición hermosa de la voluntad ante el cuerpo. La clalma me llega sobre todo antes de dormir, cuando deslizo con suavidad mi empeine contra el edredón.
El otro día, en una madrugada —no hace mucho— desperté un poco antes de lo habitual, entre las 5 y las 6:40 de la mañana. Entonces tuve tiempo de percibir el lenzu, un manto leve que se desliza desplegando el olor de las madrugadas; justo cuando el día es más sincero, cuando puedo sentarme a mirar desde mi casa cómo van naciendo las luces en los ventanales vecinos, con se van filtrando los olores de las solemias ajenas.
Quizá fue en ese momento que recordé una de las más viejas; el sorvinto, ese acto de preparar café no para beberlo, sino llanamente para escuchar el sonido del vapor y esnifar el olor que se despliega por mi casa.
Así fue como para salvar la solemia, me fui llenando de palabras nuevas: vocablos de uso privado, como los frandos, esa nostalgia líquida que no llega a ser lágrimas pero que inunda los ojos cuando nos entra por los orvales, que al tiempo, no son mas, que esa parte del cuerpo por donde entra la emoción.
Un poco parecidos a los Flontes, que son la parte del día por donde se nos cuela el recuerdo. Estos se suelen padecer, sobre todo los domingos en la víspera del anochecer.
Quizá, si la bestia entra, buscando en los mapas de la felicidad, no sabrá cómo devorar algo que tiene un nombre ajeno al registro de su gusto. Quizá pase de largo y no me perciba. O quizá me engulla con todo y mi ridícula gramática, y entonces, al menos, llevará dentro de sí este puñado de palabras nuevas, como una semillas de lo que fui, y de lo que espero ser dentro de su vientre.



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