LA INSENSATEZ DEL BARRO
ALEJANDRO
MATAMOROS.
LA INSENSATEZ DEL BARRO
A Peña nunca le gustaron los milagros; había aprendido a vivir sin esperanzas. Decía que los milagros eran para la gente que le gusta quedarse quieta, para los que aún no comprendían la indiferencia de Dios. Él, en cambio, venía de otra escuela: prefería pedalear su bicicleta para construir sus sueños. Así lo aprendió desde niño, cuando consiguió su primer trabajo vendiendo mazamorra en un triciclo.
“Los milagros son para los que no tienen nada que vender”, se repetía, como si la frase le diera las energías para vender hasta el último grano de maíz, y así alcanzar el sueño de tener su propia bicicleta.Ilustración generada con IA.
El rumor llegó a eso de las cinco de la tarde, en la licorera de don Gilberto, cuando estaba por comprar un Derby diez y una cerveza. Alguien dijo que el Samán del parque estaba llorando; que Verenice y Agustina —las putas jubiladas del pueblo— lo habían visto con sus propios ojos. Peña nada más sonrió, pues para él, todo lo que viniera de esas mujeres, sobre todo de Agustina, tenía un tufo de angustia y drama.
—Disque les cayó en el cholado —comentó un muchacho—, y les pegó un susto ni el berraco, que eso estaba todo frío y que brillaba como un diamante.
—¡Ay, pelado! El que tiene el pecado se mantiene con el susto al hombro —respondió Peña, mientras se subía en la bicicleta para regresar a su casa—. Árboles llorando, ¡hágame el favor!
—Eso pasa por la modorra en la que mantiene este pueblo —se metió otro—. La pereza es un pecado Gilberto, que no se le olvide. —Vamos a ver que dice Rodrigo cuando se entere.
Al día siguiente, pareció como si la Semana Santa se hubiera adelantado: familias enteras caminaron en busca del Samán con veladora y camándula en mano, sin otro propósito más que orar y esperar, entre promesas y arrepentimientos, que algo pasara —cualquier cosa—.
El bochorno era tal que despertó los olores más íntimos de todos los que allí se reunieron. Hacía dos meses que no llovía y las únicas gotas que asomaban a la vista eran las del sudor y las del gigante de madera.
Los niños fueron los primeros en aventurarse a recoger el líquido en tapitas de gaseosa que hallaron en la calle, Aquello animó a doña Bernarda, que se acercó y empapó un pañuelo, que luego se frotó en las articulaciones, sin el más mínimo de pudor y con el afán de refrescarse. cinco minutos más tarde ya juraba que el ardor de sus rodillas había desaparecido. Después no hubo vuelta atrás: uno a uno los presentes fueron juntándose en busca de la anhelada sanación perpetua. Cojos, tuertos, despechados, borrachos y hasta Martina, que se lo frotó en la entrepierna encomendando que se le quitara lo infiel.
Peña, a quien la angustia le venía postergando el sueño las últimas noches, —pues hacía un par de semanas que vivía de las migajas de su último negocio—, despertó casi al medio día y notó que poco o nada tenía para desayunar.
—¡Ay, juepucha! ¿Y ahora quién sale con este sol? — murmuró.
Al llegar al parque, fue inevitable no distraerse por el cúmulo de personas en torno al Samán.
—Ve, pelao, ¿y ahora a quién mataron?— le preguntó a uno de los que estaban comprando arepas.
—¡Oigan a este! —le respondió riendo mientras pagaba—. Peña, eso es por lo del milagro, ¿o es que no le han contado ?
—No me digas que siguen con la bobada…
Peña, se arrimó en silencio, más por curiosidad que por fe. Divisó a Berenice con su sombrilla de girasoles, a doña Bernarda con actitud solemne predicando testimonio, a Gilberto y a Martina, pero también observó a Agustina; luego la contempló, luego la recordó…
—¿Y vos qué opinás, Peña? —le preguntó Agustina, quien lo sorprendió observándola. —Opino que el árbol tiene más clientela que ustedes dos en los buenos tiempos— respondió él, medio en chanza, medio en defensa propia y se marchó.
Para las cinco de la tarde, el pueblo entero se había despertado de la modorra de los últimos meses en los que no pasaba nada más que tiempo. Parecía estar viviendo una nueva juventud: no había esquina o cocina en Piedra Pintada donde no se hablara del tema.
Esa noche, cuando las luces en las ventanas se fueron apagando por el sueño, solo dos troncos siguieron iluminados: el Samán, por el enjambre de veladoras y cirios que lo rodeaban, y Peña, que enfilaba un manojo de botellas plásticas que llevaba almacenando desde que se le ocurrió que algún día vendería gaseosa casera. Siendo casi las tres de la mañana, se montó en la bicicleta y se fue hacia el parque. No había nadie, solo él mirándose frente a frente con el otro roble.
Peña llenó las botellas hasta el último centímetro, como si estuviera ordeñando la última vaca viva del pueblo. “Si este pueblo quiere milagros, pues que pague por ellos”, Pensó mientras recordaba la pregunta que horas antes contempló en los labios de Agustina, e imaginaba que nunca más tendría que verse en la penosa necesidad de empeñar nada.
El tercer día inició con un entusiasta empresario. Peña había dejado de lado la bermuda de jean y las sandalias; estaba impecable, cabello engominado, camisa planchada y pantalón de paño. Sentado a la raíz del árbol ofrecía las botellas a cinco mil pesos la unidad. Se vendieron como pan caliente. Piedra Pintada tenía mucho por curar, y Peña lo sabía. Unos lo llevaban para el dolor de cabeza, otros para la artritis, otros para la prosperidad. También hubo quien le preguntó con discreción juramentada:
— ¿Eso también sirve para levantar el de abajo?
—No jodás, ¿en serio ? Claro, hermano, eso te pone como un toro.
Peña no solo estaba vendiendo milagros, estaba viendo a su pueblo sonreír.
Al caer la tarde, llegó la noticia. Un grupo de biólogos traídos de no sé dónde por Rodrigo Tufiño, el sacerdote del pueblo, aseguraba que aquello no eran lágrimas milagrosas, sino los jugos expulsados por una plaga de larvas.
—Son gusanos, señoras y señores. Gusanos… con lo que se andan curando— decía Rodrigo, tratando de contener una carcajada que le desbordaba el alma.
Ilustración generada con IA.
La noticia viajó más rápido que la fe, todo estaba dicho. fueron pocos los que se atrevieron hablar, no más que para despedirse y regresar a casa en el más profundo silencio.
Peña, de pronto, dejó de reír, recogió su bicicleta y la llevó tomada por el mango. Regresó a casa guardando una botella para sí, la archivo en el rincón de los sueños inútiles y la miró como quien mira la felicidad ajena. Por primera vez quiso creer en milagros, aunque solo fuera para curar la nostalgia.
La mañana siguiente, alguien limpió los alrededores del árbol. Parecía como si los Cirios, veladoras y botellas nunca hubieran estado allí. Aquella mañana, después de mucho tiempo, en Piedra Pintada volvió a llover.
A Peña nunca le gustaron los milagros; había aprendido a vivir sin esperanzas. Decía que los milagros eran para la gente que le gusta quedarse quieta, para los que aún no comprendían la indiferencia de Dios. Él, en cambio, venía de otra escuela: prefería pedalear su bicicleta para construir sus sueños. Así lo aprendió desde niño, cuando consiguió su primer trabajo vendiendo mazamorra en un triciclo.
“Los milagros son para los que no tienen nada que vender”, se repetía, como si la frase le diera las energías para vender hasta el último grano de maíz, y así alcanzar el sueño de tener su propia bicicleta.
El rumor llegó a eso de las cinco de la tarde, en la licorera de don Gilberto, cuando estaba por comprar un Derby diez y una cerveza. Alguien dijo que el Samán del parque estaba llorando; que Verenice y Agustina —las putas jubiladas del pueblo— lo habían visto con sus propios ojos. Peña nada más sonrió, pues para él, todo lo que viniera de esas mujeres, sobre todo de Agustina, tenía un tufo de angustia y drama.
—Disque les cayó en el cholado —comentó un muchacho—, y les pegó un susto ni el berraco, que eso estaba todo frío y que brillaba como un diamante.
—¡Ay, pelado! El que tiene el pecado se mantiene con el susto al hombro —respondió Peña, mientras se subía en la bicicleta para regresar a su casa—. Árboles llorando, ¡hágame el favor!
—Eso pasa por la modorra en la que mantiene este pueblo —se metió otro—. La pereza es un pecado Gilberto, que no se le olvide. —Vamos a ver que dice Rodrigo cuando se entere.
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Al día siguiente, pareció como si la Semana Santa se hubiera adelantado: familias enteras caminaron en busca del Samán con veladora y camándula en mano, sin otro propósito más que orar y esperar, entre promesas y arrepentimientos, que algo pasara —cualquier cosa—.
El bochorno era tal que despertó los olores más íntimos de todos los que allí se reunieron. Hacía dos meses que no llovía y las únicas gotas que asomaban a la vista eran las del sudor y las del gigante de madera.
Los niños fueron los primeros en aventurarse a recoger el líquido en tapitas de gaseosa que hallaron en la calle, Aquello animó a doña Bernarda, que se acercó y empapó un pañuelo, que luego se frotó en las articulaciones, sin el más mínimo de pudor y con el afán de refrescarse. cinco minutos más tarde ya juraba que el ardor de sus rodillas había desaparecido. Después no hubo vuelta atrás: uno a uno los presentes fueron juntándose en busca de la anhelada sanación perpetua. Cojos, tuertos, despechados, borrachos y hasta Martina, que se lo frotó en la entrepierna encomendando que se le quitara lo infiel.
Ilustración generada con IA.
Peña, a quien la angustia le venía postergando el sueño las últimas noches, —pues hacía un par de semanas que vivía de las migajas de su último negocio—, despertó casi al medio día y notó que poco o nada tenía para desayunar.
—¡Ay, juepucha! ¿Y ahora quién sale con este sol? — murmuró.
Al llegar al parque, fue inevitable no distraerse por el cúmulo de personas en torno al Samán.
—Ve, pelao, ¿y ahora a quién mataron?— le preguntó a uno de los que estaban comprando arepas.
—¡Oigan a este! —le respondió riendo mientras pagaba—. Peña, eso es por lo del milagro, ¿o es que no le han contado ?
—No me digas que siguen con la bobada…
Peña, se arrimó en silencio, más por curiosidad que por fe. Divisó a Berenice con su sombrilla de girasoles, a doña Bernarda con actitud solemne predicando testimonio, a Gilberto y a Martina, pero también observó a Agustina; luego la contempló, luego la recordó…
—¿Y vos qué opinás, Peña? —le preguntó Agustina, quien lo sorprendió observándola. —Opino que el árbol tiene más clientela que ustedes dos en los buenos tiempos— respondió él, medio en chanza, medio en defensa propia y se marchó.
Para las cinco de la tarde, el pueblo entero se había despertado de la modorra de los últimos meses en los que no pasaba nada más que tiempo. Parecía estar viviendo una nueva juventud: no había esquina o cocina en Piedra Pintada donde no se hablara del tema.
Esa noche, cuando las luces en las ventanas se fueron apagando por el sueño, solo dos troncos siguieron iluminados: el Samán, por el enjambre de veladoras y cirios que lo rodeaban, y Peña, que enfilaba un manojo de botellas plásticas que llevaba almacenando desde que se le ocurrió que algún día vendería gaseosa casera. Siendo casi las tres de la mañana, se montó en la bicicleta y se fue hacia el parque. No había nadie, solo él mirándose frente a frente con el otro roble.
Peña llenó las botellas hasta el último centímetro, como si estuviera ordeñando la última vaca viva del pueblo. “Si este pueblo quiere milagros, pues que pague por ellos”, Pensó mientras recordaba la pregunta que horas antes contempló en los labios de Agustina, e imaginaba que nunca más tendría que verse en la penosa necesidad de empeñar nada.
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Ilustración generada con IA.
El tercer día inició con un entusiasta empresario. Peña había dejado de lado la bermuda de jean y las sandalias; estaba impecable, cabello engominado, camisa planchada y pantalón de paño. Sentado a la raíz del árbol ofrecía las botellas a cinco mil pesos la unidad. Se vendieron como pan caliente. Piedra Pintada tenía mucho por curar, y Peña lo sabía. Unos lo llevaban para el dolor de cabeza, otros para la artritis, otros para la prosperidad. También hubo quien le preguntó con discreción juramentada:
— ¿Eso también sirve para levantar el de abajo?
—No jodás, ¿en serio ? Claro, hermano, eso te pone como un toro.
Peña no solo estaba vendiendo milagros, estaba viendo a su pueblo sonreír.
Al caer la tarde, llegó la noticia. Un grupo de biólogos traídos de no sé dónde por Rodrigo Tufiño, el sacerdote del pueblo, aseguraba que aquello no eran lágrimas milagrosas, sino los jugos expulsados por una plaga de larvas.
—Son gusanos, señoras y señores. Gusanos… con lo que se andan curando— decía Rodrigo, tratando de contener una carcajada que le desbordaba el alma.
La noticia viajó más rápido que la fe, todo estaba dicho. fueron pocos los que se atrevieron hablar, no más que para despedirse y regresar a casa en el más profundo silencio.
Peña, de pronto, dejó de reír, recogió su bicicleta y la llevó tomada por el mango. Regresó a casa guardando una botella para sí, la archivo en el rincón de los sueños inútiles y la miró como quien mira la felicidad ajena. Por primera vez quiso creer en milagros, aunque solo fuera para curar la nostalgia.
La mañana siguiente, alguien limpió los alrededores del árbol. Parecía como si los Cirios, veladoras y botellas nunca hubieran estado allí. Aquella mañana, después de mucho tiempo, en Piedra Pintada volvió a llover.







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