LA PARIENTE BOBA DE DIOS


ALEJANDRO
MATAMOROS.

Portada: Alejandro Monroy Matamoros 
 

LA PARIENTE BOBA DE DIOS

 

Tengo solo una complicación inicial, —bueno, varias—, pero una preponderante: Yo quería estar solo,  pero únicamente hallé manuales de sospechosa soledad, recetas útiles para  el distanciamiento, para ausentarme o el entretenimiento. 


Recomiendan:“serénese, cierre puertas y ventanas; distánciese del mundo,”  - —esto último puso las cosas un poco abstractas —  “tome una copa, encienda una vela, planifique actividades, practique hobbies, dialogue consigo mismo, pinte, lea…” Pero la verdad es que entre tantos ornamentos seguía sin  hallar lo anhelado. 


Todo eso me resultaba aglomerado; no encontré en ello más que los aretes de la intimidad: un modo de  poetizar lo que se hace, nada más que para uno.   Y, aun así, ¡Nunca estamos solos, aunque se presuma lo contrario!, siempre cargamos con el costal de la experiencia.  Siempre estamos con esto o con aquello, haciendo lo uno o lo otro. —Qué puedo decir —.  Ese acto de estar sin nadie, hasta sin uno mismo  permanece como un horizonte imposible.


Pero ¿qué me voy a exigir? Parece ser que no hay espacio puro: que todo está habitado. Ni siquiera la soledad logró salir ilesa.  Sospecho que quiso ser absoluta, arbitraria, pero terminó ocupada desde su bautizo, se rindió al perfume del lenguaje.  La soledad ya no es entonces más que una hipoteca de significado, de memorias, de usos: un recipiente lleno de particularidades. 


Una pariente con el mismo mal heredado de la nada, de los nadie, del todo, de Dios.


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