TARDE PARA IRNOS INTACTOS
ALEJANDRO
MATAMOROS.
TARDE PARA IRNOS INTACTOS
El problema está en entender la arquitectura del vacío. No la escandalosa falta de un cuerpo; eso es casi trivial, tan fácil de sustituir, como rellenar la cama con una silueta complaciente. No. El verdadero problema aparece cuando se trata de colores, de los sonidos, de los sabores y los olores de la intimidad. Cuando los sentidos convulsionan en su propia orfandad. Es allí donde todo sobra: el espacio en el espejo que no puedes llenar solo con tu reflejo, la silla que no se ocupa, el abrazo que no calienta. Es allí donde uno advierte que la bolsa de frutas se presenta con una ligereza que hiere, que el perfume de Dios se ha disipado de la piel de las mandarinas, que el gusto de cada mango, de cada guayaba, de cada arándano ya no se hospeda en el paladar.
3De repente te enteras caminando por cualquier lugar: estás roto. Y pisas las esquirlas de lo que aún queda de ti. Entonces ya no vives la vida: apenas la soportas, acoges del día su consejo gris para encontrar la calma y te topas con la única sombra que se le escapó al sol, esa que obnubila la mente y te adentra en el paisaje viscoso de la memoria caprichosa. Terminas por convivir con huellas que nadie más padece.
6Pero al fin comprendes: cuando la carta no llega, cuando la puerta no suena, cuando no gritan tu nombre desde la ventana, cuando dejas de llenar la ausencia con ilusiones, justo allí comprendes que estás en la tediosa obligación de equilibrar la balanza de la falta, con el único peso que la puede sostener, el de tu propia existencia.
5No hay esperanza y dolor que puedan resistir el apetito del tiempo. Por eso, no hay épica en este adiós: apenas la dignidad de quien entiende, renuncia y perdona a la protagonista de su melancolía; de quien acoge las cicatrices de su espíritu; de quien acaba de comprender que, cuando se ama sin mesura, es demasiado tarde para irnos intactos.



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